Han pasado las primeras semanas de colegio y empiezan a aparecer las primeras dudas. Tu hijo está más irritable, los deberes se han convertido en una lucha, vuelve a costarle leer, no quiere ir a clase o parece tener dificultades para relacionarse con sus compañeros.
Muchos de estos cambios pueden formar parte de la adaptación al nuevo curso. Pero cuando se mantienen, son muy intensos o interfieren en el bienestar del niño y de la familia, conviene observarlos con más atención.
La pregunta no es tanto “¿le pasa algo?”, sino “¿está adaptándose progresivamente o necesita algún tipo de apoyo?”.
¿Qué es normal durante las primeras semanas de colegio?
Volver al colegio supone un cambio importante después de las vacaciones.
Los niños tienen que recuperar horarios, madrugar, mantener la atención durante varias horas, seguir normas, afrontar nuevas tareas, relacionarse con compañeros y adaptarse a profesores y exigencias diferentes.
Por eso, durante los primeros días puede ser normal encontrar:
- mayor cansancio;
- cierta irritabilidad;
- resistencia a madrugar;
- necesidad de más descanso;
- pequeños conflictos con los deberes;
- menor concentración;
- algo de inseguridad ante el nuevo curso;
- más necesidad de atención por parte de los padres.
Lo importante es observar la evolución.
En una adaptación normal, estas dificultades deberían ir disminuyendo poco a poco a medida que el niño recupera rutinas y gana seguridad.
Cuando ocurre lo contrario y los problemas se mantienen o aumentan, merece la pena analizar qué está sucediendo.
1. Cambios emocionales o de conducta que no mejoran
Uno de los primeros cambios que suelen detectar las familias aparece en casa.
Un niño que durante el verano estaba tranquilo puede empezar a mostrarse:
- mucho más irritable;
- desafiante;
- sensible;
- llorón;
- enfadado por pequeñas cosas;
- excesivamente cansado;
- más dependiente de los padres.
En muchas ocasiones esto responde simplemente al esfuerzo que supone adaptarse nuevamente al colegio.
Después de pasar varias horas controlando su conducta, siguiendo instrucciones y afrontando demandas, algunos niños descargan toda la tensión al llegar a casa.
Pero conviene prestar más atención cuando el cambio es muy intenso, dura varias semanas o empieza a afectar claramente al funcionamiento familiar.
Por ejemplo, si aparecen rabietas constantes, dificultades importantes para dormir, miedo a ir al colegio o un rechazo cada vez mayor hacia las rutinas escolares.
En nuestro artículo sobre cambios de conducta al empezar el colegio explicamos con más detalle cuándo estos comportamientos pueden formar parte de la adaptación y cuándo conviene consultar.
2. Los deberes se han convertido en una batalla diaria
Otro problema frecuente aparece cuando comienza la rutina real de estudio.
Al principio puede parecer simplemente falta de ganas.
Pero conviene observar qué ocurre si cada tarde se repite la misma situación:
“Si no estoy encima, no hace nada”.
“Tarda horas en terminar”.
“Tenemos que explicarle todo”.
“Acabamos discutiendo todos los días”.
“Dice que no sabe hacerlo antes de intentarlo”.
Los deberes pueden revelar dificultades que durante el verano no eran visibles.
A veces el problema está en la organización o en la falta de hábitos.
En otros casos pueden existir dificultades de atención, comprensión, lectura, escritura, autonomía o gestión de la frustración.
La señal más importante no es que necesite ayuda de vez en cuando.
La pregunta es:
¿La ayuda que necesita es adecuada para su edad o depende constantemente de un adulto para poder trabajar?
Cuando la familia tiene que asumir diariamente gran parte de la organización, explicación y supervisión, conviene valorar por qué.
Puedes ampliar este tema en nuestra guía sobre problemas con los deberes y cómo ayudar sin hacerlos por tu hijo.
3. Siguen apareciendo dificultades para leer y escribir
Septiembre también permite comprobar si determinadas dificultades académicas del curso anterior han desaparecido o siguen presentes.
Después del verano puede existir cierta falta de práctica.
Pero debemos fijarnos especialmente cuando vuelven a aparecer problemas que ya estaban presentes antes de las vacaciones.
Por ejemplo:
- lectura excesivamente lenta;
- errores frecuentes al leer;
- confusión de letras o palabras;
- dificultades para comprender textos;
- muchos errores ortográficos;
- escritura muy costosa;
- rechazo a leer;
- necesidad constante de ayuda.
Aquí existe una pregunta especialmente útil para las familias:
¿Esto ha aparecido ahora o ya ocurría al terminar el curso anterior?
Si las dificultades estaban presentes en junio y continúan en septiembre, quizá no tenga sentido volver a empezar el contador y esperar varios meses más.
Puede ser conveniente valorar si existe alguna dificultad relacionada con la lectoescritura, el aprendizaje o procesos como la atención y la comprensión.
En el artículo a mi hijo le cuesta leer y escribir explicamos qué señales conviene observar y cuándo puede ser útil realizar una valoración psicopedagógica.
4. No quiere ir al colegio
Que un niño diga alguna mañana que no quiere ir al colegio no significa necesariamente que exista un problema.
Puede estar cansado, preferir quedarse en casa o simplemente tener un mal día.
El rechazo escolar empieza a requerir más atención cuando se convierte en un patrón.
Por ejemplo:
- llora frecuentemente antes de entrar;
- se queja de dolor de barriga o de cabeza los días de colegio;
- tiene dificultades para dormir la noche anterior;
- pregunta continuamente si puede quedarse en casa;
- se angustia al separarse de sus padres;
- muestra un cambio muy marcado entre los días lectivos y los fines de semana.
En estas situaciones no conviene quedarse únicamente con el comportamiento.
Debemos intentar comprender qué está intentando evitar.
Puede existir miedo, ansiedad, una dificultad académica, problemas con compañeros o alguna situación que esté generando malestar.
5. Parece tener dificultades para relacionarse con otros niños
Las primeras semanas también permiten observar cómo se está produciendo la integración social.
No todos los niños necesitan tener muchos amigos.
Un niño reservado puede sentirse perfectamente cómodo relacionándose con uno o dos compañeros.
Por eso, tener pocos amigos no debería interpretarse automáticamente como un problema.
Conviene prestar más atención cuando aparecen señales de sufrimiento:
- dice que nadie quiere jugar con él;
- pasa los recreos solo y no quiere hacerlo;
- no sabe cómo incorporarse a los grupos;
- tiene conflictos frecuentes con otros niños;
- evita cumpleaños o actividades sociales;
- empieza a decir que nadie le quiere;
- no quiere ir al colegio por situaciones relacionadas con sus compañeros.
Aquí es importante diferenciar entre una forma de ser más introvertida y una verdadera dificultad de relación.
Si el niño está cómodo y no existe sufrimiento, probablemente no haya nada que corregir.
Si se siente rechazado, aislado o incapaz de relacionarse como le gustaría, puede necesitar ayuda para desarrollar determinadas habilidades sociales o gestionar lo que está ocurriendo.
6. La atención y la organización parecen mucho más difíciles de lo esperado
Septiembre también puede revelar dificultades relacionadas con la autonomía escolar.
Algunos niños:
- olvidan continuamente el material;
- pierden las tareas;
- no saben por dónde empezar;
- necesitan instrucciones constantes;
- se distraen con cualquier estímulo;
- tardan demasiado en actividades sencillas;
- parecen comprender las explicaciones pero después no saben aplicarlas solos.
Una dificultad puntual no tiene por qué ser preocupante.
El problema aparece cuando estas situaciones son constantes y están claramente por encima de lo esperable para la edad.
También es importante evitar conclusiones demasiado rápidas.
Que un niño se distraiga no significa automáticamente que tenga TDAH.
La atención puede verse afectada por muchos factores: cansancio, dificultades de aprendizaje, falta de comprensión, ansiedad, desmotivación o una organización poco adecuada.
Por eso es importante valorar el conjunto y no únicamente un síntoma aislado.
7. Empieza a hablar negativamente de sí mismo
Esta es una señal que merece especial atención.
Frases como:
“Soy tonto”.
“No se me da bien nada”.
“Todos son mejores que yo”.
“Nunca me sale”.
“No quiero hacerlo porque lo voy a hacer mal”.
pueden indicar que las dificultades escolares están empezando a afectar a la autoestima.
Cuando un niño se esfuerza y aun así siente que obtiene peores resultados que los demás, puede empezar a interpretar el problema como una incapacidad personal.
Con el tiempo puede aparecer evitación.
Si piensa que no puede hacerlo bien, quizá prefiera no intentarlo.
Por eso resulta importante intervenir no solo cuando aparecen malas notas, sino cuando vemos que el niño empieza a construir una imagen negativa de sí mismo como estudiante.
¿Cuándo preocuparnos y cuándo podemos seguir observando?
No existe una única señal que indique automáticamente que un niño necesita acudir a un profesional.
Es más útil valorar cuatro aspectos.
Intensidad
¿La reacción parece proporcionada a la situación?
No es lo mismo estar cansado algunos días que tener crisis diarias antes de acudir al colegio.
Frecuencia
¿Ocurre de manera puntual o prácticamente todos los días?
Duración
¿Está mejorando con el paso de las semanas o continúa igual?
Impacto
¿Está afectando al aprendizaje, a las relaciones, al sueño, al bienestar emocional o a la convivencia familiar?
Una dificultad adquiere mayor importancia cuando afecta a varias áreas de la vida del niño.
Señales que pueden indicar que conviene pedir orientación
Puede ser útil consultar cuando:
- el niño cada vez está peor en lugar de adaptarse;
- las dificultades ya estaban presentes el curso anterior;
- existe rechazo frecuente a acudir al colegio;
- aparecen cambios emocionales o conductuales intensos;
- los deberes generan conflictos constantes;
- necesita una ayuda académica muy superior a la esperable para su edad;
- persisten problemas importantes de lectura o escritura;
- existen dificultades de lenguaje o comunicación;
- tiene problemas significativos para relacionarse;
- las dificultades están afectando a su autoestima;
- padres y profesores coinciden en que existe un problema;
- la familia no sabe cómo manejar la situación.
Consultar no significa necesariamente iniciar una intervención.
En muchos casos, la primera función de un profesional es ayudar a comprender qué está ocurriendo y decidir si realmente es necesario actuar.
¿Psicólogo, psicopedagogo o logopeda? ¿A qué profesional debo acudir?
Esta es una de las dudas más frecuentes entre las familias.
La elección depende principalmente del tipo de dificultad.
Psicólogo infantil
La psicología infantil puede ser especialmente adecuada cuando predominan aspectos emocionales o conductuales.
Por ejemplo:
- ansiedad;
- miedos;
- baja autoestima;
- irritabilidad intensa;
- problemas de regulación emocional;
- rechazo al colegio;
- conflictos familiares importantes;
- dificultades sociales con un componente emocional.
El psicólogo puede ayudar a comprender qué está provocando el malestar y trabajar estrategias adaptadas al niño y a la familia.
Psicopedagogo
La psicopedagogía está especialmente orientada a las dificultades relacionadas con el aprendizaje y el funcionamiento escolar.
Puede resultar adecuada cuando aparecen:
- problemas de lectura y escritura;
- dificultades de comprensión;
- problemas de atención;
- escasa autonomía;
- dificultades de organización;
- problemas con técnicas de estudio;
- bajo rendimiento académico;
- sospecha de dificultades específicas de aprendizaje.
El objetivo no es simplemente “ayudar con los deberes”, sino comprender cómo aprende el niño y proporcionarle estrategias adecuadas.
Logopeda
La logopedia puede ser necesaria cuando las dificultades están relacionadas principalmente con el lenguaje, el habla, la comunicación o determinados aspectos de la lectoescritura.
Por ejemplo:
- dificultades para pronunciar determinados sonidos;
- problemas de lenguaje;
- vocabulario limitado;
- dificultades para estructurar frases;
- problemas de comprensión o expresión;
- determinadas dificultades relacionadas con lectura y escritura.
En ocasiones intervienen varios profesionales porque las dificultades académicas, emocionales y del lenguaje pueden estar relacionadas.
¿Y si no sé qué profesional necesita mi hijo?
No es necesario que una familia llegue a consulta sabiendo exactamente qué profesional necesita.
Precisamente una primera orientación puede servir para identificar qué área conviene valorar.
Por ejemplo, un niño puede empezar mostrando rechazo hacia los deberes.
Aparentemente parece un problema de conducta.
Pero al analizar la situación descubrimos que evita las tareas porque leer le supone un esfuerzo enorme.
En otro caso puede ocurrir lo contrario: el rendimiento académico baja, pero la dificultad principal está relacionada con ansiedad o inseguridad.
Por eso es importante evitar trabajar únicamente sobre el síntoma visible.
¿Cuándo puede ser necesaria una evaluación?
Cuando existen dificultades persistentes o no está claro qué las está provocando, una evaluación puede ayudar a comprender mejor el perfil del niño.
Una valoración adecuada permite analizar aspectos como:
- aprendizaje;
- lectura y escritura;
- lenguaje;
- atención;
- memoria;
- comprensión;
- funcionamiento emocional;
- organización;
- autonomía;
- comportamiento.
No todas las evaluaciones tienen que estudiar exactamente las mismas áreas.
Deben adaptarse al motivo de consulta y a las características del niño.
El objetivo no consiste únicamente en obtener un diagnóstico.
La información realmente útil es aquella que permite responder:
¿Qué está ocurriendo?
¿Por qué le está costando?
¿Qué necesita?
¿Cómo podemos ayudarle en casa y en el colegio?
No hace falta esperar a que suspenda
Uno de los errores más frecuentes es pensar que solo merece la pena consultar cuando aparecen malas notas.
Un niño puede compensar durante bastante tiempo.
Puede conseguir resultados aceptables gracias a:
- mucho esfuerzo;
- supervisión constante;
- ayuda familiar;
- buena memoria;
- apoyos del profesor;
- muchas horas de trabajo.
Por eso las notas no siempre reflejan la dificultad real.
También debemos preguntarnos:
¿Cuánto esfuerzo necesita para conseguir ese resultado?
¿Puede hacerlo solo?
¿Cómo se siente mientras aprende?
Un resultado académico aparentemente correcto puede esconder un nivel de esfuerzo difícil de mantener a largo plazo.
Tampoco debemos convertir cualquier dificultad en un problema
Observar no significa alarmarse.
Los niños necesitan tiempo para adaptarse.
Pueden tener semanas mejores y peores.
Pueden atravesar momentos de cansancio, inseguridad o desmotivación sin que exista ninguna dificultad clínica o de aprendizaje.
La finalidad de conocer estas señales no es buscar problemas donde no los hay.
Es saber identificar cuándo una dificultad está dejando de ser puntual.
La mejor referencia es la evolución.
Si con el paso de las semanas el niño se adapta, gana autonomía y disminuye el malestar, probablemente estamos ante un proceso normal.
Si las dificultades continúan, aumentan o empiezan a afectar a diferentes áreas de su vida, puede ser el momento de pedir orientación.
¿Te preocupa cómo está empezando el curso tu hijo?
Si después de las primeras semanas sigues observando dificultades emocionales, académicas, de conducta, lenguaje o adaptación escolar, puede ser útil valorar qué está ocurriendo antes de que el problema se mantenga durante todo el curso.
En D-Letras trabajamos desde un enfoque integral para orientar a las familias y determinar qué tipo de apoyo puede necesitar cada niño.
Puedes conocer nuestros servicios de psicología, psicopedagogía y logopedia o contactar con nuestro equipo para solicitar información y valorar cuál puede ser el siguiente paso.
D-Letras ofrece atención personalizada en Madrid y en zonas como Sanchinarro, Las Tablas, Montecarmelo, Aravaca, Pozuelo y Majadahonda, con posibilidad de intervención a domicilio según el servicio.







