“Mi hijo dice que nadie juega con él”, “siempre está solo en el recreo” o “no quiere ir a los cumpleaños de sus compañeros” son frases que pueden preocupar mucho a una familia.
Sin embargo, tener pocos amigos no significa necesariamente que exista un problema. Algunos niños son más reservados, necesitan más tiempo para coger confianza o prefieren relacionarse con uno o dos compañeros en lugar de formar parte de grupos grandes.
La clave está en observar si el niño está cómodo con su forma de relacionarse o si está sufriendo porque quiere conectar con otros y no sabe cómo hacerlo.
¿Es normal que al empezar el curso todavía no tenga amigos?
Sí.
Durante los primeros días de colegio todavía se están formando grupos, recuperando relaciones del curso anterior y apareciendo nuevas amistades.
Por eso, si un niño lleva dos o tres días de clase y todavía no ha encontrado compañeros con los que se sienta cómodo, no podemos concluir que tenga dificultades sociales.
Algunos niños se integran rápidamente.
Otros necesitan observar primero, conocer mejor a sus compañeros y sentirse seguros antes de participar.
Por eso, en este caso, el tiempo aporta mucha información.
No debemos valorar únicamente cómo han sido los primeros días, sino qué ocurre conforme avanzan las semanas.
Tener pocos amigos no es lo mismo que tener un problema social
Este punto es fundamental.
Hay niños que disfrutan estando solos durante algunos momentos.
Otros prefieren tener un amigo cercano en lugar de pertenecer a un grupo grande.
Y algunos necesitan más tiempo para establecer relaciones.
Nada de esto significa necesariamente que haya que intervenir.
La pregunta más importante es:
¿Mi hijo está bien así o le gustaría relacionarse y no consigue hacerlo?
Si un niño tiene uno o dos amigos, participa cuando quiere y se siente satisfecho con sus relaciones, probablemente no exista ningún problema.
En cambio, si expresa tristeza, rechazo, frustración o deseo de tener amigos sin saber cómo acercarse a los demás, conviene observarlo con más atención.
Niño introvertido, dificultad social y aislamiento: no son lo mismo
Aunque desde fuera puedan parecer situaciones similares, existen diferencias importantes.
Un niño introvertido
Puede preferir ambientes tranquilos, grupos pequeños y relaciones profundas con pocas personas.
Puede necesitar más tiempo para coger confianza.
Quizá no sea el primero en acercarse a otros niños, pero cuando establece una relación puede mantenerla adecuadamente.
La introversión es una característica de personalidad, no un problema que haya que corregir.
Un niño con dificultades sociales
Quiere relacionarse, pero puede tener problemas para hacerlo.
Por ejemplo, puede resultarle difícil:
- iniciar una conversación;
- incorporarse a un juego;
- comprender algunas normas sociales;
- esperar turnos;
- negociar;
- afrontar una negativa;
- entender cómo se siente otro niño;
- resolver un conflicto.
En estos casos puede existir interés por los demás, pero faltan determinadas habilidades para desenvolverse con seguridad.
Un niño que está sufriendo aislamiento
Aquí el elemento más importante es el malestar.
El niño puede sentirse excluido, rechazado o solo.
Puede intentar relacionarse sin éxito o haber empezado a evitar situaciones sociales porque anticipa que lo van a dejar de lado.
Esta situación merece una atención especial, sobre todo cuando empieza a afectar al estado de ánimo, la autoestima o las ganas de acudir al colegio.
Señales de que puede estar teniendo dificultades para relacionarse
Una señal aislada no permite sacar conclusiones.
Lo importante es observar si existe un patrón mantenido.
Siempre está solo en el recreo
Estar solo alguna vez no es preocupante.
Incluso puede ser una elección.
Conviene prestar más atención cuando el niño pasa los recreos solo de manera habitual, no quiere estarlo y no encuentra una forma de incorporarse a los juegos.
En este caso es útil preguntar al colegio qué está ocurriendo.
La visión del tutor y de otros profesionales que observan al niño en situaciones sociales puede aportar mucha información.
Dice que nadie quiere jugar con él
Esta frase merece ser escuchada sin restarle importancia.
Responder:
“Seguro que no es para tanto”.
o:
“Pues juega con otros”.
puede hacer que el niño sienta que no entendemos lo que le está ocurriendo.
Es preferible intentar concretar.
Podemos preguntar:
“¿Qué ha pasado hoy?”
“¿Con quién intentaste jugar?”
“¿Qué ocurrió cuando te acercaste?”
“¿Te pasa todos los días o solo algunas veces?”
De esta forma podremos saber si existe un episodio puntual, un conflicto concreto o una dificultad que se está repitiendo.
No sabe cómo incorporarse a los juegos
Para los adultos puede parecer sencillo.
“Solo tiene que acercarse y preguntar si puede jugar”.
Pero para algunos niños no lo es.
Pueden quedarse cerca observando durante mucho tiempo sin saber cómo participar.
También pueden intentar entrar de una forma poco adecuada, interrumpiendo, imponiendo sus propias normas o insistiendo cuando el grupo ya les ha dicho que no.
Estas situaciones pueden provocar rechazo aunque el niño tenga intención de relacionarse.
En estos casos puede ser útil trabajar habilidades sociales de manera explícita.
Evita cumpleaños y planes con compañeros
No todos los niños disfrutan de las fiestas o de los grupos grandes.
Por tanto, no querer asistir a un cumpleaños de forma puntual no es una señal de alarma.
Conviene investigar más cuando los evita siempre.
Podemos preguntarnos:
- ¿Le generan ansiedad?
- ¿Tiene miedo de quedarse solo?
- ¿No sabe qué hacer cuando llega?
- ¿Ha tenido experiencias negativas?
- ¿Dice que nadie habla con él?
- ¿Prefiere no ir para evitar sentirse excluido?
El motivo de la evitación es mucho más importante que la evitación en sí misma.
Se relaciona mejor con adultos que con niños de su edad
Algunos niños hablan con mucha facilidad con adultos pero tienen más dificultades con sus iguales.
Con los adultos, las conversaciones suelen ser más predecibles y estos adaptan de forma natural su comportamiento al niño.
Entre iguales, las relaciones son diferentes.
Hay que negociar, interpretar señales rápidamente, tolerar cambios de juego, defender una opinión y resolver pequeños conflictos.
Si un niño evita sistemáticamente a sus compañeros y busca exclusivamente relacionarse con adultos, puede ser útil observar qué le resulta difícil en las relaciones con niños de su edad.
Tiene conflictos constantemente
Tener conflictos forma parte del aprendizaje social.
Los niños discuten, se enfadan, se reconcilian y aprenden progresivamente a negociar.
El problema aparece cuando prácticamente todas las relaciones terminan de la misma manera.
Por ejemplo, si:
- intenta controlar siempre el juego;
- se enfada cuando los demás no hacen lo que quiere;
- responde de manera muy intensa ante una negativa;
- interpreta continuamente las acciones de otros como ataques;
- le cuesta asumir su parte de responsabilidad;
- cambia constantemente de grupo porque acaba enfrentándose con los demás.
En estas situaciones puede ser necesario ayudarle a desarrollar estrategias diferentes.
Empieza a no querer ir al colegio
Cuando las dificultades sociales empiezan a afectar a las ganas de acudir al colegio, conviene prestar especial atención.
Puede aparecer:
- resistencia por las mañanas;
- dolor de barriga o de cabeza;
- tristeza antes de ir;
- preocupación por el recreo;
- frases como “nadie me quiere”;
- deseo constante de quedarse en casa.
En estos casos, el problema ya no está afectando únicamente a las relaciones sociales.
También puede estar repercutiendo en el bienestar emocional del niño.
“Nadie quiere ser mi amigo”: cómo responder
Cuando un niño expresa que se siente solo, el primer objetivo no debería ser darle inmediatamente una solución.
Antes necesita sentirse escuchado.
En lugar de responder:
“Pues habla con otros niños”.
podemos decir:
“Entiendo que hoy te hayas sentido solo. Cuéntame qué ha pasado”.
Después podemos ayudarle a analizar la situación.
¿Qué ocurrió?
¿Qué intentó hacer?
¿Cómo respondieron los demás?
¿Le pasa con todo el grupo o con determinados compañeros?
A veces descubriremos que existe un problema real de integración.
En otras ocasiones encontraremos una interpretación muy negativa de un conflicto puntual.
Qué pueden hacer los padres para ayudar
Escuchar sin dramatizar
Tan poco útil es ignorar el problema como transmitir al niño que la situación es terrible.
Conviene escuchar, validar su malestar y después intentar comprender qué está ocurriendo.
Evitar etiquetas
Frases como:
“Es que eres muy tímido”.
“No sabes hacer amigos”.
“Siempre has sido muy antisocial”.
pueden acabar formando parte de la imagen que el niño tiene de sí mismo.
Es preferible hablar de situaciones concretas y habilidades que pueden aprenderse.
No obligarle a socializar constantemente
Forzar a un niño a participar en todos los cumpleaños, campamentos o actividades no garantiza que mejore sus habilidades sociales.
A veces incluso aumenta su ansiedad.
Es más útil ofrecer oportunidades progresivas y adaptadas a su forma de ser.
Facilitar encuentros pequeños
Para algunos niños resulta mucho más sencillo relacionarse con un compañero que integrarse directamente en un grupo grande.
Invitar a casa a un niño con quien tenga cierta afinidad o favorecer actividades compartidas puede facilitar el desarrollo de relaciones más seguras.
Hablar con el colegio
Cuando el problema se repite, es importante conocer qué está ocurriendo en el aula y en el recreo.
El colegio puede observar:
- con quién se relaciona;
- cómo intenta entrar en los juegos;
- si los demás le rechazan;
- si existen conflictos;
- si permanece solo por elección;
- si hay algún compañero con quien tiene más afinidad.
Esta información permite diferenciar mejor entre una percepción puntual y un patrón real.
¿Y si existe rechazo o acoso?
No todas las dificultades sociales son un problema de habilidades del niño.
A veces existe rechazo continuado por parte del grupo o situaciones de acoso.
Por eso hay que evitar transmitir automáticamente al niño que debe “aprender a relacionarse mejor”.
Si aparecen insultos, humillaciones, amenazas, exclusión deliberada, burlas repetidas o agresiones, el foco no debe ponerse únicamente en cambiar al niño que las está sufriendo.
En estos casos es fundamental informar al centro educativo y abordar la situación de forma específica.
¿Cuándo puede ser útil trabajar habilidades sociales?
Puede ser recomendable cuando el niño quiere relacionarse pero encuentra dificultades constantes para hacerlo.
Por ejemplo, cuando le cuesta:
- iniciar conversaciones;
- incorporarse a un grupo;
- mantener amistades;
- interpretar determinadas situaciones sociales;
- gestionar una negativa;
- expresar lo que necesita;
- resolver conflictos;
- ponerse en el lugar del otro;
- controlar respuestas impulsivas.
Las habilidades sociales pueden aprenderse y entrenarse.
El objetivo no consiste en transformar a un niño reservado en alguien extremadamente sociable.
Se trata de darle herramientas para desenvolverse mejor cuando quiera relacionarse.
¿Cuándo conviene consultar con un psicólogo infantil?
La psicología infantil puede ser especialmente útil cuando las dificultades sociales están generando un malestar emocional importante.
Por ejemplo, si aparecen:
- tristeza frecuente;
- baja autoestima;
- ansiedad social;
- miedo intenso al rechazo;
- aislamiento creciente;
- rechazo a acudir al colegio;
- pensamientos muy negativos sobre sí mismo;
- conflictos sociales repetidos;
- dificultad para gestionar emociones en las relaciones.
Un profesional puede ayudar a comprender qué está ocurriendo y trabajar tanto las habilidades necesarias como las emociones asociadas.
¿Puede haber otras dificultades detrás?
Sí.
Las relaciones sociales dependen de muchas capacidades.
En algunos casos pueden existir dificultades relacionadas con:
- lenguaje y comunicación;
- atención;
- impulsividad;
- comprensión de normas sociales;
- regulación emocional;
- autoestima;
- aprendizaje;
- desarrollo.
Por eso es importante no quedarse únicamente con:
“Mi hijo no tiene amigos”.
La pregunta profesional debería ser:
¿Qué está dificultando que establezca las relaciones que desea?
A partir de ahí puede determinarse qué tipo de apoyo resulta más adecuado.
¿Cuándo preocuparnos realmente?
Conviene pedir orientación cuando observamos que:
- el niño lleva varias semanas aislado;
- expresa claramente que se siente solo;
- intenta relacionarse pero no sabe cómo;
- recibe rechazo de forma repetida;
- los conflictos son constantes;
- evita sistemáticamente situaciones sociales;
- ha empezado a no querer ir al colegio;
- su autoestima está disminuyendo;
- aparece ansiedad o tristeza;
- el colegio también observa dificultades;
- la situación empeora en lugar de mejorar.
No es necesario esperar a que el niño esté completamente aislado para consultar.
Pero tampoco hay que convertir una personalidad tranquila o reservada en un problema que no existe.
La pregunta clave no es cuántos amigos tiene
No existe un número de amigos que determine si un niño está bien socialmente.
Un niño puede tener un solo amigo y sentirse completamente satisfecho.
Otro puede estar rodeado de compañeros y sentirse solo.
Por eso, más que contar amistades, debemos observar:
si se siente aceptado, si tiene oportunidades para relacionarse y si dispone de herramientas para hacerlo cuando lo desea.
Esa es la diferencia entre respetar su personalidad y detectar una dificultad que necesita apoyo.
¿Te preocupa que tu hijo se esté quedando aislado en clase?
Si tu hijo expresa que se siente solo, tiene dificultades constantes para relacionarse, evita situaciones sociales o el problema está empezando a afectar a su autoestima o a sus ganas de ir al colegio, puede ser útil valorar qué está ocurriendo.
En D-Letras podemos orientar a las familias y trabajar las dificultades emocionales y sociales desde un enfoque individualizado.
Puedes consultar nuestro servicio de psicología infantil, conocer todos nuestros servicios o contactar con nuestro equipo para solicitar información.
También puede ser útil revisar nuestro artículo sobre señales de que un niño puede necesitar apoyo psicológico o psicopedagógico si además de las relaciones sociales estás observando cambios emocionales, académicos o de conducta.
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